En los días siguientes le llegó, de entre el enmarañado laberinto de sus pensamientos, una concepción más clara de las causas subyacentes a su descontento. Amaba las comodidades de su hogar, desde el brillante llamador de bronce en la puerta principal, de un blanco níveo, hasta los espejos de cuerpo entero en los que le encantaba contemplar su silueta redondeada tras el baño matutino en la gran bañera de porcelana azul y blanca. Pero se preguntaba si los compañeros sombríos y cínicos que conocía en su casa y en otros lugares valían el precio que estaba pagando por esos lujos. Gente que fingía disfrutar de la vida, pero cuya infelicidad traslucía en todo lo que hacía o decía. Se lo preguntaba. …
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XXIII. Washington Square
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