Rara vez pensaba ahora en la condena que sin duda estaba recibiendo en Atlanta. En su lugar, era feliz, muy feliz de haber obrado como lo había hecho. Ella y el bebé saldrían adelante de algún modo y serían muy felices juntos. Al carecer de respeto, al despreciar a Carl, nunca habría sido feliz con su esposo, y su religión no le habría permitido divorciarse de él. ¿Y qué importaba que su dinero desapareciera tan rápidamente? Con economía, seguramente tendría suficiente para mantenerse durante su parto y le permitiría pasar unas semanas en el campo hasta recobrar las fuerzas. Luego podría conseguir un trabajo fácilmente y ella y el bebé serían felices juntos.
Le encantaba el agitado movimiento en su interior, era feliz ante los signos de la creación.
Era una sensación a veces hermosa, otras veces se sentía abrumada por lo maravilloso de todo aquello. Experimentaba pequeños oleajes de júbilo exultante al comprobar que ella también poseía dentro de sí reservas espirituales que mantenían su alma libre e intacta a pesar de lo que el mundo pudiera decir.
Se había esfumado la sensación de ser una criatura depravada, deshonrada y vil que la había asaltado aquellos últimos días en Atlanta. ¡Era libre! ¡Libre! ¡Libre!
Daba vueltas y más vueltas al ancho anillo de oro de su mano izquierda. De esto sentía cierta vergüenza, a su manera. La señora Manning, con quien vivía, le había echado un vistazo significativo un día a su mano izquierda mientras intentaba suavemente persuadir a Mimi para que hablara.