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X

Carl levantó la cabeza y la miró escrutadoramente. Su mirada la turbó, la conmovió, la incomodó.

Recordó el día en que lo conoció por primera vez, la manera abarcadora en que la había examinado y el resentimiento que su mirada había despertado en ella. Ya no quedaba resentimiento. En su lugar había miedo de que pudiera mirar muy en el fondo y saber cuánto lo había extrañado, cuánto lo había anhelado.

“Mimi, hay una cosa que quiero decirte ahora que estoy aquí. Me siento como un perro al decírtelo; ni siquiera tengo derecho a pensarlo. Pero quiero que sepas —sin importar qué historias escuches— que—que— ¡te amo!”.

Su tono era medio desafiante, medio tierno, mientras le lanzaba nerviosamente las últimas tres palabras.

Mimi se quedó en silencio, con los ojos clavados en su regazo. Con la declaración de Carl, una gran paz se apoderó de ella. La duda, el miedo y la incertidumbre la abandonaron.

—Y yo también te quiero, Carl —dijo sencillamente.

De un salto cruzó la habitación y se sentó junto a ella.

—¿Tú... también... me... amas? —preguntó, con asombro y la duda de haber oído mal en su voz.

Mimi, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, solo pudo asentir.

—Oh, Mimi querida —sollozó a medias Carl, y recostó el rostro en su pecho mientras ella lo apretaba contra el suyo, abrazándolo con toda la ternura que había estado reprimida en su interior, abrazándolo como si fuera a echar a volar para no regresar jamás si aflojaba por un instante la firmeza de su abrazo.⁠ ⁠…

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