aquí chismorrean; esa no es una costumbre exclusiva de Atlanta y de la gente que tú y yo conocemos. Las mujeres hacen eso en todas partes, me parece a mí, y a menudo pienso que los hombres chismorrean más que las mujeres. ¿No se te ocurre nunca que hay muchas cosas al otro lado del escudo?”.
“Esa es la única razón por la que volví aquí”, respondió Carl con entusiasmo, cambiando de inmediato su expresión de inquietud morbosa por una de alerta alegría.
“Cuando me pongo más pesimista respecto a nuestra propia gente, todo lo que necesito para animarme es mirar la infelicidad de los blancos. ¿Te has dado cuenta de que, por muy mala que sea su suerte, el negro puede reír, cantar y olvidar todas sus preocupaciones? Lo llaman irresponsabilidad y pereza pero, Dios, cuando veo la forma tan terriblemente infeliz en que vive esta gente blanca, tan ocupada haciendo dinero y manteniendo ‘al negro en su lugar’, pienso que estamos de lo más bien. Dime, ¿te gustaría ir conmigo alguna vez a una reunión al aire libre o a alguno de estos otros lugares donde verás aquello que ha evitado que el negro sea exterminado: eso que llaman el ‘espíritu’ o ‘alma’ de la raza?”.
“Me encantaría”, contestó Mimi mientras caminaban de regreso hacia donde estaba sentada Hilda. Hilda pudo esbozar una sonrisa, pero Mimi notó durante todo el día que estaba extrañamente callada y distante. La primera frialdad de importancia en su amistad se había interpelado entre ambas. Al principio, Mimi se desconcertó y se preguntó qué podría haberlo causado. Luego recordó las tímidas admisiones del interés de infancia de Hilda por Carl. Mimi supo entonces, o más bien intuía, la razón de la actitud de Hilda. Mimi no le dijo nada, consciente de lo imprudente que era mencionar el tema y temiendo que la brecha se agrandara si hablaba de él. Y, siendo