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XXIII. Washington Square

tapizado de diamantes, gordo, vulgar y, gracias a su riqueza, capaz de dictar la vida de incontables millones de criaturas esparcidas por un universo sin límites.

Otro hombre rezó a un Dios de venganza, un Dios que sabiamente había consultado con el hombre y decretado que esta o aquella raza fuera coronada como el pueblo elegido.

Ciegos por obsesiones de superioridad, estas criaturas semejantes a topos, que imaginaban su propia sabiduría infinitesimal superior a la de cualquier otro ser, humano o divino, le suplicaban a Dios crueldades increíbles y se las pedían en sus rezos.

Esto y aquello pedían, se buscaron y hallaron dioses de distinta estatura, que en nada difirieron del reflejo que los humanos captaban en los espejos de sus dormitorios.

Por encima de todo, demostraron a través de sus oraciones que solo creían en sí mismos y eran incapaces de realizar los milagros que buscaban.

La moralidad significaba meramente la observancia, por lo general mediante su quebrantamiento, de ciertas reglas y normas hechas por el hombre. Le parecía que una cantidad mucho mayor de inmoralidad era practicada por ciertas parejas casadas que conocía, entre las cuales todo amor había muerto, que en las relaciones que ella podía imaginar fácilmente pero que las convenciones condenarían con ferocidad implacable. Las peroratas de predicadores estúpidos y sensacionalistas que vociferaban a gritos que la solución a todos los males del mundo y de la humanidad podía curarse mediante la aceptación ciega de doctrinas teológicas gastadas que habían cumplido su tiempo y luego habían muerto con justicia, le revolvían el estómago y la volvían más intolerante que nunca hacia los credos y los dogmas.

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