En los primeros años posteriores a su partida de Harlem, había encontrado en numerosas ocasiones a antiguos conocidos suyos por la calle.
A veces había saludado y dicho unas pocas palabras, a veces había pasado rápidamente de largo y se había odiado a sí misma por hacerlo durante los días siguientes.
Seis años y más aparentemente habían borrado todo rastro de sus días anteriores de las pizarras de Harlem, ya que la población en constante cambio estaba demasiado ocupada o demasiado desinteresada como para continuar con su preocupación por ella y sus asuntos.
Aunque se lo negaba a sí misma, a veces con un dejo de amargura de que su propia gente la hubiera obligado a vivir una vida de duplicidad y engaño, sin embargo, sentía frecuentemente un anhelo de contacto con su propia gente, por quien tenía el mismo amor apasionado de los días posteriores al disturbio en Atlanta a pesar de todo lo que había sufrido a manos de ellos.
Estaba sola, pues a pesar de su éxito no tenía íntimos, nadie a quien pudiera llamar amigo, aunque podría haberlos tenido si lo hubiera elegido. Echaba de menos la cálida vistosidad de la vida entre los suyos, nunca había podido sacudirse el frío que sentía aun cuando sus actuales conocidos intentaban ser de lo más cordiales. Y le indignaban amargamente aires de superioridad que adoptaban. Con frecuencia, cuando oía comentarios despectivos sobre «negros», coons, darkies, de labios de quienes demostraban con sus palabras su completa ignorancia sobre los negros, sentía ganas de recordarles que para ella había dos formas de alcanzar y mantener la superioridad: una, siendo superior; la otra, manteniendo a otra persona inferior. Y no se sentía mejor por el hecho de