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XXIII. Washington Square

Se habían ido los rostros morosos, preocupados, infelices e intranquilos que había estado viendo en el centro durante años. Aquí había luz y risas espontáneas, aquí había alegría de verdad en las voces y en los ojos. Aquí había pausadez, nada de la carrera agitada tras las cosas materiales que poca felicidad traían al ser conseguidas. Se detuvo cerca de un grupo que charlaba entre frecuentes estallidos de risa espontánea. Un negro pequeño y arrugado era objeto de bromas por parte de otro mientras el primero intentaba demostrar su inexistente destreza como luchador.

—Le pegué tres o cuatro veces y él solo me pegó una —presumió en voz alta.

—Dale, Bocachancla, eso es todo lo que David le pegó a Goliat —le respondió alegremente su atormentador. Un tercer hombre que había presenciado la pelea completó la derrota del fanfarrón al describir mordazmente la expresión en el rostro del derrotado: «¡Puso una cara como la de un negro probando su primera aceituna!». ⁠…

Mientras Mimi iba sentada en el rugiente metro de camino a casa, sintió en su interior una renovación de su antiguo entusiasmo por la vida. He aquí algo real que los ignorantes y ciegos habían llamado «humor nativo» y «comedia negra». Pero, de manera algo vaga, sentía que la cuestión iba más allá de eso. Sopesó el valor duradero de las máquinas y de todo lo que estas traían consigo —si una radio a través de la cual sonaba «Sí, no tenemos plátanos» sumaba de manera mensurable al total de la felicidad—. Todavía se lo estaba preguntando cuando el sueño la venció.

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