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V. Mimi y Carl

persecución del carruaje, se iba raleando. Atravesaron corriendo la vasta extensión de la calle Marietta. En un momento se agacharon en un portal mientras una multitud corría tras un limpiabotas negro cojo que intentaba desesperadamente poner distancia entre él y sus perseguidores. Cayó, y la turba se le vino encima. Mimi lanzó un grito. Uno de los miembros de la turba la oyó, se dio la vuelta y le encajó la cara a Jean. Le arrancó el sombrero y le escudriñó el rostro a la luz penumbrosa.

Aterrorizado, Jean recayó en el francés.

—¡Mon Dieu! —exclamó con consternación.

“¡Perdona, hermano! ¡Pensé que eras un negro!”, se disculpó el atormentador de Jean, entregándole el sombrero.⁠ ⁠…

A toda velocidad avanzaban por Peachtree Street, hacia Auburn Avenue, y por Auburn Avenue hasta Pryor Street. Allí, al disponerse a cruzar, un grito que se convirtió en un rugido los hizo retroceder hasta refugiarse en el recoveco de una puerta. Por Pryor Street corría un joven negro, bien vestido. Pulgada a pulgada, pie a pie, yarda a yarda les iba sacando ventaja a sus perseguidores. Uno a uno los fue dejando atrás hasta que solo uno quedó cerca de él. Este era alguien que corría con tanta rapidez como la pretendida víctima. Mimi y Jean vieron al negro mirar por encima del hombro. Vieron cómo sacaba una navaja del bolsillo y la abría. Al hacerlo, perdió unos cuantos pies. Justo cuando las dos figuras en plena carrera se encontraban a la altura del escondite de Jean y Mimi, el perseguidor se abalanzó hacia adelante, agarrando al negro por los hombros para derribarlo.

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