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XIV

Mimi encontró cierta sombría diversión al recordar los tenues planes que con tanta confianza había forjado y que ahora se habían venido abajo. Al darse cuenta por primera vez de su propia debilidad, al comprender que no podía librar la batalla sola, le escribió tentativamente a su tía Sophie para hablarle de su angustia. Al segundo día de haber enviado su carta llegó una respuesta —una carta de una cordialidad entrañable— que regañaba a Mimi por no haber pedido ayuda a su tía mucho antes, y le ofrecía a Mimi cualquier ayuda que necesitara. Del sobre cayó un cheque de generosa suma. Y la carta terminaba:

“Alone you will have little trouble, especially if you come to New York. But with the baby it will be harder⁠—you would have to be away all day⁠—and people, even here, do talk. I know just how you feel about it, but why don’t you put Jean in a home until you can get on your feet? I don’t urge this⁠—I merely suggest it. Do what you think is wisest and best.”

Por fin se había tomado una decisión, la única salida posible, y ella derramó muchas lágrimas amargas antes de permitirse siquiera considerar esta solución. Sin embargo, siempre volvía a ella —la sugerencia de la tía Sofía—, la única cosa estable en un mar de incertidumbres. Metería a Jean en un hogar infantil, trabajaría tan duro como mortal pudiera hacerlo, ahorraría su dinero hasta haber acumulado lo suficiente para garantizarse a sí misma y a él la libertad de sus necesidades más inmediatas, y luego lo recuperaría cuando hubiera alcanzado su objetivo.

Y aquí se enfrentaba a otro problema. No estaba dispuesta a meterlo en un orfanato de negros, pues sus recursos, más que escasos, hacían problemático que él recibiera el

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