Mimi encontró cierta sombría diversión al recordar los tenues planes que con tanta confianza había forjado y que ahora se habían venido abajo. Al darse cuenta por primera vez de su propia debilidad, al comprender que no podía librar la batalla sola, le escribió tentativamente a su tía Sophie para hablarle de su angustia. Al segundo día de haber enviado su carta llegó una respuesta —una carta de una cordialidad entrañable— que regañaba a Mimi por no haber pedido ayuda a su tía mucho antes, y le ofrecía a Mimi cualquier ayuda que necesitara. Del sobre cayó un cheque de generosa suma. Y la carta terminaba:
“Alone you will have little trouble, especially if you come to New York. But with the baby it will be harder—you would have to be away all day—and people, even here, do talk. I know just how you feel about it, but why don’t you put Jean in a home until you can get on your feet? I don’t urge this—I merely suggest it. Do what you think is wisest and best.”
Por fin se había tomado una decisión, la única salida posible, y ella derramó muchas lágrimas amargas antes de permitirse siquiera considerar esta solución. Sin embargo, siempre volvía a ella —la sugerencia de la tía Sofía—, la única cosa estable en un mar de incertidumbres. Metería a Jean en un hogar infantil, trabajaría tan duro como mortal pudiera hacerlo, ahorraría su dinero hasta haber acumulado lo suficiente para garantizarse a sí misma y a él la libertad de sus necesidades más inmediatas, y luego lo recuperaría cuando hubiera alcanzado su objetivo.
Y aquí se enfrentaba a otro problema. No estaba dispuesta a meterlo en un orfanato de negros, pues sus recursos, más que escasos, hacían problemático que él recibiera el