con los credos y creencias locales hizo que, con el tiempo, la frase «esos católicos» se volviera instintivamente sinónimo de su nombre y el de Jean.
Pero fue la crueldad instintiva y la envidia de mujer a mujer lo que le creó dificultades a Mimi.
Algo de la vistosidad de las aguas color zafiro, púrpura y verde jade que rodean Nueva Orleans había contribuido a la creación de Mimi. Había en ella también algo de la gracia de las olas languidecientes del golfo de México al lamer las costas rocosas de Barataria. Había en ella asimismo la suntuosidad de las plantas tropicales que estallaban en rojos, amarillos, verdes y azules de una viveza y belleza sorprendentes.
Su cabello pelirrojo bajo la luz del sol era un imán que atrapaba y retenía la mirada, mientras la mente se deleitaba en su brillante decorativismo.
Y en combinación con estos recordatorios de calidez y colorido tropical estaba el aire de Mimi, picante, vagamente misterioso y seductor. No es que ella fuera consciente de todo esto, ni hacía otra cosa que reírse cuando Hilda la comparaba con cualquier otra muchacha, siempre en detrimento de la otra. Había otras chicas bonitas —varias de ellas, de hecho, más hermosas que Mimi. Sin embargo, ninguna poseía la combinación que era la suya y, al no haber vivido en Atlanta toda su vida y resultar así más novedosa a la vista, Mimi, sin aparente voluntad, atraía hacia su lado a la mayoría de los jóvenes. Y atraía también hacia ella las miradas de los mayores, disimuladas, si la esposa del espectador se encontraba a su lado, con un comentario estudiadamente casual como: «¡Ese pequeña Daquin es sin duda una niña bonita!» […]