Mimi se fue a su habitación después de que Hilda se hubiera marchado, y se quedó tendida en la cama durante un largo rato sumida en profundos pensamientos.
Hilda era una tontita por su ansiedad, pensaba, pero debía de importarle Carl mucho más de lo que ella, Mimi, jamás había imaginado.
Decidió ver a Carl, contarle lo necesario sobre el afecto que Hilda sentía por él, y luego negarse a ver a Carl o a salir con él ella misma.
Era poca cosa lo que podía hacer por Hilda, que había sido una amiga tan leal. Y también sería un favor, pues la timidez de Hilda le impediría insinuarle jamás a Carl que se interesaba por él.
A ella misma le habría disgustado romper la compañía con Carl, que había llegado a significar tanto para ambos y de la cual ella había obtenido tanto.
Su mente alerta la atraía, las lecturas que había hecho y la manera entusiasta y entrañable con la que se apresuraba a compartir con ella cualquier cosa que hubiera encontrado en sus lecturas y que creyera que le interesaría, su profundo interés por cosas distintas a las que tenía justo delante de sus narices, sus rápidos e imprevisibles cambios de humor, un minuto feliz y despreocupado y excelente compañero, al siguiente transformándose abruptamente en un individuo serio, a veces taciturno e insatisfecho.
Con ese amor femenino por lo inusual, lo inestable y lo imprevisto, se sentía atraída por estos diversos estados de ánimo.