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VII

Y, siendo humana, se descubrió a sí misma sintiendo un poquito de alegría de que esto les hubiera pasado. Tenía dos razones para este sentimiento, la primera de las cuales se resumía en las palabras: «¡Se lo tienen merecido!».

Si a Hilda le hubieran importado menos Mimi y Carl, su efímera euforia al enterarse de que se hablaba de ellos habría sido mucho menor, si es que realmente hubiera llegado a sentir tal emoción. La gran intensidad de su apasionado amor por ambos la hacía capaz de una mayor crueldad, una vindicta que rozaba el regodeo ante su caída en desgracia.

Una segunda razón para su fugaz satisfacción se escondía en la posibilidad de que, por algún medio que ignoraba, pudiera surgir una ruptura en la amistad entre Carl y Mimi. Entonces, si los hados eran propicios, se ganaría el interés y tal vez más tarde el afecto más profundo para sí misma que estaba segura de que Carl le prodigaba a Mimi.

¿Quién sabe?, reflexionó; cosas más extrañas que esa han sucedido.

Tan pronto como esta emoción se volvió consciente, Hilda la rechazó con furia por considerarla una traición de la más baja especie hacia sus amigas. Llena de remordimiento, corrió a ver a Mimi, temiendo un regreso de aquel sentimiento indigno. Su tarea allí se vio dificultada por la actitud algo fría con la que Mimi la recibió. Un enfriamiento muy decidido se había instalado en su hasta entonces cálida relación, el cual ambas situaban claramente en aquel día de campo a principios del verano.

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