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XIII

El señor Manning iba mejorando lentamente, pero su edad jugaba en su contra; sus huesos no soldaban con la rapidez que habían esperado. Una y otra vez le preguntaban a Mimi cuándo volvería con ellos. Pero ella lograba deducir sin gran dificultad, por sus voces y la expresión de preocupación en sus rostros, que las cosas no les iban tan bien y que sus invitaciones, aunque sinceras, de haber sido aceptadas, habrían multiplicado unas cargas que ya de por sí eran pesadas. Ella les aseguraba que no tenía dificultad alguna e incluso les llevaba pequeños obsequios de flores o fruta, lo que a menudo significaba el sacrificio de su propia comida.

No hizo llamadas ni tenía otros íntimos que estos.

Sus pruebas y dificultades le habían dado una profundidad a la expresión de Mimi que, en lugar de hacerla menos atractiva, había añadido una riqueza a lo que había sido una belleza infantil y parecida a una flor.

Casi automáticamente atraía hacia sí las miradas de los hombres con los que se cruzaba en la calle y sabía lo que esas miradas significaban. Apuraba el paso con los ojos bajos para escapar de ellas, asustada por su osadía.

Se sentía a salvo, pues rara vez seaventuraba a salir después del anochecer, pero incluso de día estas inconfundibles miradas provocaban que una náusea aflorara en su interior.

En el episodio con Carl, Mimi se había entregado libremente y sin ningún sentimiento de vergüenza o culpa, pero lo había amado cuando eso había ocurrido. Sin embargo, estas atenciones no solicitadas le provocaban una repugnancia que la recorría como una enfermedad física.

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