La casa de los Forrester se alzaba en el lado norte de Washington Square. Sus paredes de techos altos y carpintería tallada a mano, su aire de madura antigüedad, todo exhalaba aromas de la época en que las carrozas de cuatro caballos que cruzaban con parsimonia la plaza hacían que bandadas de palomas de alas anchas aletearan en busca de refugio en el enorme y tosco arco que tomaba su nombre de la plaza.
A Mimi le encantaba la casa pasada de moda; esta le hablaba en tonos tiernos de los días de esplendor que había presenciado. Jimmie había querido deshacerse de la mayor parte del mobiliario y los muebles, pero ella lo había frenado. Un par de piezas nuevas añadieron comodidad a la casa, unas cortinas y un papel pintado nuevos devolvieron la frescura, y se establecieron para disfrutar juntos de una existencia cómoda y feliz.
Mimi saboreaba la ociosidad desacostumbrada, la certeza de que no tenía que hacer nada que no quisiera hacer. Por primera vez se dio cuenta de cuánto tiempo y cuán duro había estado trabajando. Vio ahora cuán constante había sido la rutina de los últimos ocho años en lo de Francine—le había encantado, pero ahora que lo veía en perspectiva, le estremecía ver hasta qué punto se había convertido en una máquina. Había hecho falta el toque revivificante del amor para convertirla de nuevo en un ser humano en vez de en un objeto fríamente inanimado, apenas un poco más humano que una de las máquinas de coser que tan a menudo había manejado. Así pues, durante meses hizo poco más que llevar la vida de la ociosa adinerada, cosiendo un poco o leyendo un poco más. No hacía nada que pudiera considerarse trabajo, aparte de supervisar las labores de sus dos criada o decidir con el cocinero qué platos debían componer la cena.