El diminuto escenario provisto de candilejas y telones, con su piso de cuadros de mármol blanco y negro, resplandecía con una dignidad imponente y expectante.
Damas elegantemente vestidas, perfumadas y manicuradas se reclinaban a sus anchas en divanes o en sillas de respaldo recto, según los gustos y las tallas, mientras las maniquíes hacían piruetas, posaban y desfilaban alrededor y a lo largo del escenario.
Cada detalle había sido escrutado minuciosamente, cada ápice de atractivo discreto había sido aprovechado para llevar al público remolón al punto de la convicción y la compra.
Instintivamente se bajaba la voz: el templo no debía ser profanado. Se compraba también, pues pocos eran lo bastante fuertes para resistir la sensación de que todo aquello había sido diseñado y ejecutado únicamente para el propio deleite privado, y desde luego uno no podía incurrir en la baja ingratitud de no rendir homenaje encargando una o más de las creaciones expuestas. …
Pero toda esta magnificencia fue terra incognita para Mimi durante muchísimos meses después de haber empezado a trabajar como rematadora en lo de Francine. Había otros cuatro pisos ocupados por talleres, salas de sastrería y comedor. Había un sótano utilizado como oficina, almacén y sala de expedición. En los pisos superiores se movían y existían los rematadores, los drapeadores, los ayudantes de los drapeadores, los probadores, los dependientes, los estenógrafos y los sastres. Estos jamás eran vistos por los clientes, ni los dos primeros pisos eran vistos jamás por ningún empleado salvo los vendedores, excepto cuando se vislumbraban con vistazos apresurados fuera del horario laboral.