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IV

—Parece un acorazado intentando hacerse el gracioso —susurró Hilda. Mimi la recompensó con una risita espontánea pero contenida mientras seguían a la señora Hunter hacia el comedor.

Mientras estaban sentadas a la mesa cerca del enorme ventanal, Hilda le contó a Mimi en susurros sobre las mujeres que charlaban y comían en la mesa grande.

“Aquella flacucha de allí”, señalando a la mujer que había estado contando la expulsión de la madre de Hilda del teatro, “es la señora Watkins. Su esposo es médico y estaba loco por m mamá, pero a ella no le gustaba él como le gustaba papá. Dicen”, y aquí Hilda se inclinó sobre la mesa y susurró, “que el doctor Watkins sigue enamorado de mamá y eso pone furiosa a la señora Watkins. No le cae bien mamá y la razón principal, creo, es porque mamá es mucho más atractiva y sabe mucho más”.

Mimi se estremeció de éxtasis ante esta revelación. Sintió la deliciosa sensación de ser una conspiradora, como depositaria

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