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XV

Apresurándose por las calles, saliendo de los restaurantes, de pie en los portales y en las esquinas había grupos de negros, bien vestidos, jubilosos, alegres. Aquí y allá se apresuraban hombres de color de dos en dos y de tres en tres, ataviados con chaqués impecables, con pecheras blancanieves asomándose bajo pesados abrigos, instrumentos musicales, violines, saxofones, mandolinas en estuches aferrados en sus manos. Se apresuraban a entrar en el quiosco del metro que Mimi y su tía acababan de dejar y eran tragados por este. De cerca les llegaban los embriagadores olores de maíz y pollo fritos, de patas de cerdo. Venían de un puesto donde una mujer de color de mediana edad servía sus productos a los transeúntes.

—Esa es «Pig-Foot Mary»; está ganando muchísimo dinero en ese pequeño puesto y también lo está ahorrando —le informó la señora Rogers a Mimi.

Estaba fascinada por el nuevo escenario. Atrás quedaba el aire mórbido, moroso y preocupado de la gente que había encontrado en el otro extremo del metro. Aquí había risas espontáneas, agudas observaciones que arrancaban risas sonoras y francas de los oyentes. Se respiraba aquí una sensación estimulante de que esta gente conocía el secreto para disfrutar de la vida. Rostros negros, marrones y amarillos revoloteaban fugaces, algunos despreocupados, otros abrumados por las penas. Mimi volvió a percibir el ritmo esencial, la unidad de aquellos colores y estados de ánimo tan diversos. Todo era vívido, colorido, de un patrón distintivo y aparte, y se sintió conmovida por la amabilidad de aquello.⁠ ⁠…

Detrás de ellos se encontraban dos hombres de color vestidos de forma llamativa mientras lo observaban todo. La voz de uno preocupada, la del otro conciliadora.

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