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XXII

modo sentía que en su apartamento de soltero mantenía a un barbero, un sastre, una manicurista y un mercerizador, todos constantemente ocupados. Bellamy padre había ganado cantidades incontables a través de los corrales de ganado que poseía en Chicago y Kansas City, pero Bellamy hijo se estremecía cuando alguna persona grosera sacaba a relucir con falta de tacto el tema del origen de los millones de los Bellamy.

Ostensiblemente era escritor, pero más allá de ciertas indicaciones vagas y deliciosamente crípticas de que algún día su obra magna haría que el mundo se pusiera de pie y tomara nota, nadie podía asegurar con certeza qué hacía, aparte de aplicarse con esmero a su amada vocación de bon-vivant, un hombre de mundo, chesterfieldiano e impecable.

Una vez le había confidencia a Mimi que él era «el moderno señor Pepys», pero no había vuelto a mencionar ese título autoimpuesto cuando ella, con amable burla, le había asegurado que si la posesión de todos los chismes de última hora era el activo más valioso para ese papel, entonces él era indudablemente el hombre indicado.

Porque Bert Bellamy iba a todas partes, conocía a todo el mundo y, lo que para él era más fascinante, lo sabía todo acerca de todos. Con intenciones admirablemente disimuladas, le había insinuado a Mimi que le apetecería llevarla a cenar alguna noche en que Jimmie hiciera sus infrecuentes viajes de negocios. Cuando Mimi, al ver su doble sentido, se limitó a reírse con suavidad y le dijo que no solía salir a cenar cuando su marido estaba fuera, él reconoció de inmediato que sus esfuerzos allí eran estériles. Así que le devolvió la risa, la llamó «pequeña victoriana» y dio el tema por zanjado, para no volver a sacarlo jamás. A partir de entonces habían sido amigos a su manera. Pues él era divertido y a menudo aliviaba

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