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XVII

cuando tenía ocho años. No recibí mucha educación, y viviendo allí abajo, pronto perdí lo poco que tenía, empecé a hablar mal y a usar argot... oh, no te molestes en ahorrarme los sentimientos; sé que soy tan burda como un estibador. Pero voy a la escuela nocturna... y algún día voy a ser alguien”.

El rostro de Sylvia, moreno y en los momentos de intensa emoción marcado firmemente por el sello de Israel, se iluminó al mirar hacia el futuro y verse a sí misma sentada, tal como lo hacía ahora Francine, en un «estudio» de delicada belleza propio, mientras a su alrededor correteaban los empleados de Madame Sylvia.

«Toma a Francine, por ejemplo. Dice que es francesa, pero tú y yo somos mucho más franceses que ella; cada vez que abre la boca y suelta unas cuantas palabras en francés, se le nota Killarney por los cuatro costados. Y si ella se sale con la suya, pues bien, yo también puedo colársela».

Bajo la dirección de Sylvia, Mimi empezó a descubrir nuevos mundos en Nueva York en los que jamás habría pensado adentrarse. Al principio para ocupar su mente, más tarde porque la búsqueda del conocimiento resultaba algo fascinante y reconfortante, comenzó a pasar sus noches en la escuela nocturna. Terminó su curso de diseño, estudió francés y pronto recuperó su antigua soltura en un idioma que una vez le había resultado más natal que el inglés; tomó cursos de literatura inglesa, economía y psicología. Con Sylvia asistió a conferencias en la Escuela Rand y en Cooper Union. La mayoría de las teorías expuestas allí le parecieron visionarias e impracticables; la intensidad ferviente de la mayor parte de los estudiantes y oyentes la asustaba y repelía. Como los antiguos alquimistas que investigaban, sondearon y buscaban con diligencia el secreto misterioso y esquivo con el que los metales más viles podían transformarse en oro, muchos de estos parecían empeñados en hallar alguna panacea que pudiera aplicarse a troche y moche a todos los

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