que el padre de la criatura era incierto —se discutió como posible padre a todo hombre menor de setenta años que alguna vez hubiera tenido una relación de amistad de lo más casual con Mimi—. Otros estaban firmemente convencidos de que Mimi había atrapado a Carl con la mira puesta en la fortuna que se le atribuía al padre de este. Los de esta opinión estaban convencidos de que los Hunter la habían comprado o la habían asustado.
Olidadas por pocos, Hilda y su madre entre ellos, estaban las fechorías que la voz popular le había atribuido o imputado a Carl. Mimi había huido, por lo tanto ella era la culpable. «El malvado huye sin que nadie lo persiga», decían los sabios. El escándalo fue un bocado suculento que cumplió muy bien su propósito a lo largo de muchas cercas traseras y en innumerables fiestas, en la iglesia y en los porches delanteros. Solo Hilda y la señora Adams defendieron la causa de Mimi, pero pronto, dado que sus opiniones eran bien conocidas, el tema dejó de mencionarse ante ellas. El escándalo solo prospera cuando se vende a quienes tienen oídos atentos y mentes crédulas.