Decidieron que los servicios se llevarían a cabo el viernes. La señora Daquin creía que lo mejor era un servicio protestante, pero Mimi se mostró obsecuente, inconmovible. Esto era lo último que podía hacer por Jean y estaba decidida a que se hiciera así, de ser posible.
Ya entrada la tarde, en el respiro de visitantes que habían sido llamados a casa por sus obligaciones domésticas, llegó Carl. A ambos les parecía imposible que menos de veinticuatro horas antes hubieran sido tan felices juntos en esa misma habitación.
“De nada sirve que diga que lo siento, Mimi. Ya lo sabes: quería a tu padre más que a nadie, excepto a ti. Parecía comprenderme... Yo... yo...”
Su repentina avalancha de sentimientos hizo que le fuera imposible hablar. Se le llenaron los ojos de lágrimas al tocar la mano de Mimi, con suavidad y apenas por un segundo.
“Sí, Carl, lo sé…”, susurró.
Para el jueves por la tarde, Mimi sintió que ya no soportaba la tortura de saludar a la gente, responder a las mismas preguntas una y otra vez, y cumplir con las muchas tareas adicionales que la muerte había traído consigo. La señora Daquin parecía estar disfrutando en realidad, a su manera, de la nueva importancia que la muerte de Jean le había otorgado como su viuda. No es que lo dejara traslucir en su rostro. Se ocupaba de que sus ojos tuvieran el aspecto de haber llorado mucho y su aire general era el de una mártir cristiana a punto de ser arrojada a los leones. Para Mimi, parecía haberse revestido de una atmósfera de mujer severamente probada y profundamente afligida, prestando plena atención a la eficacia de los detalles, interpretando el papel como lo haría una actriz consumada. Mimi notó cómo surgía de nuevo toda su antigua animadversión; la vida de Jean, pensó amargamente, habría sido mucho más feliz si su esposa hubiera empleado algo de esa energía que ahora usaba en el duelo simulado en brindarle felicidad a Jean cuando estaba vivo.