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XV

Otra primavera vino y se fue, esta vez más feliz de lo que Mimi había conocido en varios años, fundiéndose imperceptiblemente en el verano, cuando las únicas variaciones que le permitía a su rutina regular de trabajo eran excursiones a Coney Island con su tía y algunos de sus amigos o paseos de ida y vuelta al centro por la noche en los autobuses de la Quinta Avenida. Mimi había decidido que nunca lograría el progreso que tanto necesitaba si continuaba haciendo solo costura sencilla. Siempre había tenido habilidad para idear diseños nuevos e inusuales, muchos de ellos poco prácticos, pero todos marcados por una distinción que los apartaba de las demás ropas. En otoño comenzó un curso de diseño en una escuela de oficios, tomando las clases por las noches. A pesar de lo monótona de su vida y de la constancia de su dedicación a esa rutina poco inspiradora, su salud mejoró, el color volvió a sus mejillas y su rostro perdió su expresión preocupada y demacrada. Pues Mimi se sentía sostenida por la meta hacia la cual se esforzaba; todo lo demás le parecía trivial e insignificante al lado de la llegada del día en que pudiera traer a Petit Jean consigo de nuevo.

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