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XVI

And the music! She had heard of Ford Dabney, had been told of the way in which his orchestra could play. But she had never dreamed that any human beings could entice from inanimate objects such intoxicating, inspiriting music. Once, and once only, was she able to sit in the box and watch the dancers.

—Es una bonita vista —le dijo su tía.

“¿Bonita? ¡Esa no es la palabra para definirlo!”, declaró con entusiasmo.

Era un vals.

Rostros de todos los colores, asomándose entre vestidos de todas las tonalidades que iban desde los rosas, azules y lavandas delicados hasta los rojos suntuosamente apasionados.

  • Había rostros de una tez caoba que se fundía en la negrura de cabellos rizados con viveza.
  • Los había de una negrura que brillaba como ricos fragmentos de terciopelo.
  • Había otros cuyas pieles parecían hechas de cuero curtido con maestría con la cremosidad del pergamino antiguo, coronadas por cabellos brillantes, más negros que «mil medianoches en un pantano de cipreses».
  • Y estaban aquellos de tez blanca como el marfil, marfil antiguo y excepcional que el tiempo había suavizado con un toque apacible.

Para Mimi, los más cautivadores de todos eran los de las mujeres que no eran ni oscuras ni claras, como lo eran muchas, sino aquellas de esa mezcla indefinible de marrón y rojo, que confería una riqueza que recordaba a los criollos de su propio Nueva Orleans.

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