Mes a mes el tiempo transcurría lentamente para Mimi. Se levantaba tarde por la mañana, salía a pasear por la tarde o iba al cine, y se acostaba temprano todas las noches.
Los domingos se deslizaba discretamente en la iglesia católica cerca de su casa, alternando esto de vez en vez con su asistencia a la iglesia metodista a la que pertenecía la pareja de ancianos con la que se hospedaba.
Eran personas sencillas y amables que se ganaban la vida holgadamente con un pequeño negocio de servicio de catering que los mantenía fuera de casa gran parte del tiempo. Mimi tenía así la casa para ella sola la mayor parte del tiempo, por lo cual estaba agradecida, ya que la libraba de la tensión de conocer y hablar con gente y de responder a preguntas embarazosas.
El viejo matrimonio especulaba con frecuencia entre sí sobre quién y qué podría ser ella. A las preguntas indirectas y amistosas de la mujer, Mimi daba respuestas evasivas que parecían satisfacer la naturaleza sencilla y poco curiosa de la anciana. A sus vecinos les decía que Mimi era una joven viuda que lloraba a su difunto esposo, explicación que, en vista de las ropas de luto que Mimi aún vestía por Jean, fue aceptada de buena fe. Mimi lloraba a menudo ante las muestras de simpatía, ya fuera de palabra o mediante acciones discretas, que le brindaban el matrimonio de ancianos y sus amigos. Y a menudo también la asaltaba la culpa, pues sentía que estaba aceptando aquellos cuidados bajo una falsa apariencia.