Había momentos en que sentía que no podía aceptarlos por más tiempo, que tenía que contarles la verdadera historia. Sin embargo, antes de dar semejante paso, siempre contenía sus impulsos. No conocía a nadie más en Filadelfia que la acogiera, pagaba por su habitación y su excelente comida una suma ridículamente baja, y su pequeña reserva de dinero, que le había parecido tan grande cuando el señor Hunter se la había dado, se estaba reduciendo a una velocidad alarmante.
Cuando los largos, sombríos y cenagosos días del invierno dieron paso al vigoroso y amable calor de una primavera temprana, ella pasaba la mayor parte de los días sentada en el parque.
Acostumbrada al calor tropical de Nueva Orleans, los vientos mordaces y las nevadas intensas del Norte la hacían sentirse desgraciada y deprimida, aunque sus años en Atlanta la habían inmunizado hasta cierto punto contra el frío. Pero no le gustaba el clima frío, y la llegada de los días en que podía ver el verde delicado del pasto que brotaba y de los árboles que florecían la hacía muy feliz.
Ella se llevaba al parque un libro o, con más frecuencia, un periódico, pero rara vez leía. Se conformaba con sentarse a ver a los niños jugar o contemplar a las amigables ardillas que, de manera tan ridícula, se sentaban a girar rápidamente una nuez desenterrada de escondites en la tierra entre sus pequeñas patas delanteras mientras mordían su dura cáscara.
Ni siquiera el hundimiento de un inmenso transatlántico como el Titanic tras chocar contra un iceberg frente a la costa canadiense, con una enorme pérdida de vidas, logró conmoverla. Tampoco los frenéticos días de un año electoral lograron sacarla de su apatía. Una ex maestra de escuela de Nueva Jersey, un miembro prominente del Congreso, un candidato a la presidencia derrotado dos veces, un