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III

“No, no puedo decir que la conozca⁠—no, no creo conocer esa”, respondió la señora Hunter, algo desconcertada. No terminaba de estar segura de si Mimi no estaría intentando burlarse de ella o poner a prueba su erudición.

—Mi verdadero nombre es Annette Angela Daquin, pero nadie me llama así. Todos me llaman Mimi —respondió Mimi inocentemente.

Aun sin estar segura de sí misma, la señora Hunter sintió la necesidad de justificarse ante aquel extraño infante.

“No tenemos muchas oportunidades aquí de ver buenas obras de teatro ni de escuchar la música que llega por estos lares. La única obra que he visto fue Ben Hur y el señor Hunter nunca me ha perdonado que subiera por la escalera trasera al gallinero de la Grand Opera House, que es donde se sientan las personas de color. Aunque eso fue magnífico, y casi valió la pena la discusión que tuve con el señor Hunter por haber ido”.

Y la señora Hunter le dedicó una sonrisa radiante a su esposo con aire benévolo. Cumplido su deber al comentar sobre la gracia y la belleza de Mimi, la señora Hunter dirigió su atención a la señora Daquin y a temas cercanos a los corazones de las amas de casa. Se preguntaban si habría una primavera tardía —«hace años que no hacía tanto frío en abril como ahora», afirmó la señora Hunter—, hablaron del alza en los precios de la tela, la comida y los zapatos —el arte culinaria—, «debes enseñarme algunos de esos platos especiados que me dicen que hacen en Nueva Orleans», de la vida social local en Atlanta y de cómo se comparaba con la de Luisiana.

Mimi escuchaba alternativamente a los dos y a la conversación más contenida de Jean y el señor Hunter.

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