El éxito que estaba alcanzando hacía feliz a Mimi, como era de esperar. Los días oscuros en Atlanta, desde que había muerto Jean I, la lamentable y derrotada lucha en Filadelfia, el infructuoso esfuerzo en Harlem por sacarse del fango y su huida de su propia gente le parecían ahora fantásticos e irreales. A veces le resultaban casi como si los hubiera leído en una novela —una de esas historias de una «pobre obrera acosada por la tentación y el pecado», un relato para consumo del servicio doméstico—. Otras veces se estremecía al comprender todo por lo que había pasado, y se preguntaba cómo había tenido el valor, la fuerza de voluntad para mantener la cabeza por encima de las aguas agitadas y espumosas en lugar de hundirse pacíficamente bajo ellas sin luchar. Naturalmente, se sentía feliz cuando la virtual cesión de la tienda por parte de Francine había sido más que un ascenso; había sido el galardón de la victoria.
Pero, como es el curso del mundo, aquella victoria traía consigo muchas cosas en las que no era tan agradable pensar.
Habían pasado ya seis años desde que había dejado a su tía Sofía. Esos años habían estado colmados hasta el borde, apretados de trabajo todo el día en una mesa de la tienda, con noches llenas de tareas escolares y conferencias variadas solo de vez en cuando por una visita al teatro o un concierto, con comidas sombrías y solitarias y habitaciones apartadas donde se había sentido como si estuviera alojada en una celda.
De deseos naturalmente fuertes y normales, comunes a su sexo y a la humanidad, había tenido amargas luchas consigo misma. Había habido momentos en los que se preguntaba qué utilidad, qué valor tenía la rutina incesante a la que se había condenado.