—Pensaba que todo el mundo sabía que Thorne no permite que una muchacha actúe en su espectáculo a menos que tenga un amigote con los bolsillos llenos de dinero —le dijo, incrédulo de que ella pudiera estar tan desinformada.
«Eso es porque estos chicos compran palcos para la noche del estreno y vuelven a ver la función durante toda la temporada. Si tiene dinero de verdad, tal vez se le pueda convencer lo suficiente como para financiar otro espectáculo, protagonizado, por supuesto, por la chica que le interesa. Querida Mimi, de verdad tienes que ponerte al día en estas cosas; no querrás que la gente vaya por ahí diciendo: “¡Es bonita pero muy incauta!”. Consíguete un maestro; de hecho, tal vez pueda hacerte un hueco en mi clase privada»,
terminó Bert, con una risita que agitó su regordete cuerpecito como una pelota de goma roja que ha rebotado en el suelo, pensó Mimi.
—Menos mal que ya está la cena. Espero que Horace saque algo de ese Moët et Chandon; podría beberme un galón —añadió Bert alegremente cuando se anunció la cena.
A la derecha de Mimi se sentaba un banquero de un pueblo de Iowa cuyo nombre ella jamás había oído, el cual hablaba, cuando interrumpía momentáneamente su atención a la comida, de hipotecas y saldos y de las Follies a las que había asistido la noche anterior.
«Y pensar que ’Lalie Hoskins se casaría con un hombre con todo el dinero que tiene Crosby. Vaya, yo solía tirarle del pelo en el colegio; se sentaba justo delante de mí», se ofreció a decir con admiración cuando Mimi no se sumó a sus entusiastas alabanzas del número actual de las Follies.