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IV

La catalogación fue interrumpida por Hilda, quien le preguntó de repente, y a Mimi con un afán que en ese momento no pudo alcanzar a comprender, si Mimi había conocido a Carl Hunter.

—Mamá me dice que soy una boba —continuó Hilda cuando Mimi le dijo que no había conocido al hijo de su anfitriona—, pero Carl es el chico más fascinante de Atlanta. Tiene diecisiete años y no se parece en nada a los otros muchachos de por aquí; son tan... tan aniñados. Pero Carl es diferente y mamá dice que no se lleva nada bien con su padre y su madre; su padre quiere que Carl estudie seguros y banca y Carl no quiere.

—¿Sabe él que tú—que te gusta tanto? —preguntó Mimi.

—¡Oh, no! —exclamó Hilda—. Pero él es distinto… —concluyó.

Aquella noche Mimi le contó a Jean las cosas que había visto y oído durante la tarde. A su picante relato de lo dicho y hecho y a los vívidos cuadritos, grabados con tanta viveza y claridad que Jean podía ver a las mujeres y sus manerismos, él los escuchó ávidamente.

—¿Y qué tal pareció gustarle a Mary? —preguntó él.

“¡Estaba como en su propia casa! La oí decirles a dos o tres de ellos que adoraba Atlanta⁠—le recordaba a su Chicago⁠—, ¡y tan diferente de esa vieja y adormecida Nueva Orleans!”. Mimi hizo una mueca.⁠ ⁠…

—Me alegra que hayas encontrado a Hilda —le dijo Jean—. Necesitas la compañía de gente joven; cuando tengas tanta edad como yo, no te será tan fácil encontrar a alguien cuyas ideas encajen con las tuyas.

—¿Cómo van las cosas en la oficina? —preguntó Mimi, recordando que, en su entusiasmo, casi se había olvidado de él y de sus asuntos.

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