vinculado al suyo, seguido de una risita de aprobación de la señora King en respuesta a algún comentario hecho por su compañera que Mimi no pudo oír. Era evidente que las mujeres no habían visto ni oído a Mimi volver a entrar en la habitación, pues la franqueza de sus comentarios indicaba que daban por sentado que estaban solas. Una y otra vez divagaban, destruyendo, difamando, despedazando mediante insinuaciones y afirmaciones rotundas.
Una furia fría y ciega se apoderó de Mimi. Se puso de pie de un salto. Las mujeres soltaron un grito ahogado cuando el rostro desangrado de Mimi, que enmarcaba unos ojos centelleantes llenos de furia, se alzó a la cabecera del féretro, mientras la luz de los altos cirios le confería un aspecto aterrador y fantasmal.
—¡Lárguense ustedes dos! —exigió Mimi—. ¡Podrían haber tenido el respeto suficiente por mi padre como para callar sus sucias y mentirosas lenguas! ¡Lárguense! ¡Lárguense! ¡Lárguense!
Su voz al principio no era mucho más que un susurro agudo. A medida que