tema. La casa sería insoportable si Mimi se fuera o hiciera alguna locura. Temía esto aunque se reía de sus temores. Pero la expresión severa en el rostro de Mimi, el desánimo, que ahora era mayor que cuando Mimi había llegado por primera vez a Nueva York tras dejar a Petit Jean en el orfanato, el abatimiento absoluto tan evidente en el rostro y el cuerpo de Mimi, la ponían definitivamente
—Eres un encanto, tía Sophie, pero simplemente no lo soporto. Puedo aguantar muchas cosas de las que me han tocado, pero lo que ha pasado aquí seguirá pasando en todas partes a donde vaya. He intentado ir por el buen camino, Dios sabe que sí. Pero esta gente metiche no me deja tener paz. ¿Te acuerdas de aquella noche en el baile en la que me señalaste a una chica que trabajaba en el centro haciéndose pasar por blanca?
La señora Rogers admitió que sí, pero se preguntaba qué tenía que ver eso con Mimi.
—Solo esto —fue la respuesta que recibió—. Nunca pensé que querría dejar a mi propia gente. No los dejaría ahora, pero me han empujado a ello; me han llevado al punto en que o desaparezco de la vista donde no me vuelvan a acosar o haré algo terrible. Si esa muchacha puede pasar por blanca, supongo que yo también podré. Mi apellido es French, hablo francés —al menos lo suficientemente bien como para engañar a cualquiera que no sea francés—, sé coser y nunca me tomarán por otra cosa que no sea francesa. Nos veremos, por supuesto, pero me voy de Harlem, dejo a la gente de color para siempre. Viviré mi propia vida, ganaré más dinero del que puedo aquí, podré tener a Jean conmigo antes y... bueno, no hay otra salida...