Dios santo, había ido alcanzando lentamente el respetable estatus de ciudadano honorable bajo el impulso y la guía combinados de Mary y el señor Robertson. ¿Y de qué servía todo aquello? ¿Valía la pena cualquiera de estos mezquinos esfuerzos y forcejeos la mitad de las cosas que te arrebataban?
Y Mimi—también se había alejado de él. Entre ellos existía, por supuesto, el viejo afecto—de eso jamás dudó ni por un minuto. Pero las pequeñas costumbres que revelaban el vínculo subyacente eran cada vez más escasas con el paso de los años. Bueno, es joven, pensaba, mientras que yo soy viejo y he quedado muy atrás de la nueva generación. Estaba orgulloso de ella, sin embargo. Mientras desfilaba de la capilla afuera y pasaba sucesivamente frente a las largas y estrechas ventanas, el sol que se filtraba había hecho que su hermoso cabello estallara en una belleza de un rojo salvaje, exótico y encendido. Destacaba entre los negros y castaños de las cabezas de las otras chicas como un sol poniente y radiante en un cielo de nubarrones. Se alegraba de que fuera tan bonita—esperaba que se casara antes de reunirse con Margot. Había observado sus pequeñas manías, el surgimiento de minúsculas revelaciones de la sangre cálida que corría bajo la superficie risueña de Mimi. Temía, temía terriblemente, dejarla sola. ¿Sola? Sí, concluyó, eso sería exactamente lo que pasaría si algo me llegara a suceder. Mary y Mimi nunca se llevarían bien si él no estuviera allí. …
—Vamos, Jean —lo animó Mary—. Todo ha terminado. … Oh, ¿cómo está, señora Lewis? Sí, de cierto modo da pena ver cómo nuestra pequeña Mimi se convierte en toda una mujercita ante tus propios ojos. Sí, iba muy guapa —y es un encanto— el señor Daquin y yo la adoramos.—Oh, muchas gracias, señor Thompson.—¿Dónde está la señora Thompson?—¡Ahí está! Querida, fue un regalo precioso el que mandaste. Justo se lo estaba agradeciendo a tu marido, pero quiero agradecérselo a los dos. …