Nuevamente Mimi tuvo la sensación de que estaba cerrando un libro de su vida y abriendo otro nuevo. Como una novela de Rolland, pensó.
O, mejor aún, su vida le recordaba a uno de esos apartamentos de Harlem de longitud aparentemente interminable, sin pasillo y con cada habitación comunicada con la siguiente. Railroad flats [*], había oído que los llamaban. Sentía que siempre estaba abriendo la puerta de otra habitación, atravesándola, para luego abrir y cerrar tras de sí, para no volver a abrirse jamás, la puerta del siguiente cubículo.
Aquellos años de infancia en Nueva Orleans habían sido el primero, años felices y despreocupados en los que se sintió más satisfecha que nunca después. El siguiente había sido Atlanta, luego Filadelfia, y después Harlem. Cuatro vidas separadas, y he aquí que una nueva se abría ante ella.
Se preguntaba por cuántas más tendría que pasar antes de la salida definitiva. A veces ahora deseaba poder saltarse todo lo demás y dar ese último paso, fuera adonde fuere. En sus momentos de mayor depresión pensaba en el suicidio, pero estos pensamientos morbosos no perduraban mucho en ella. Petit Jean y los pensamientos sobre su futuro los habrían ahuyentado aunque ella no hubiera sentido una profunda aversión hacia la muerte por propia mano.
Mediante un anuncio en un periódico pudo conseguir una pequeña habitación en una familia de buena posición, que vivía en los noventa bajos, respetable pero común y corriente. En cuanto a pies lineales, varas y millas, no estaba muy lejos de Harlem, pero en otros aspectos bien podría haber estado a mitad de camino alrededor del mundo de los escenarios que una vez había conocido. Aquí los imponentes edificios de