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VI

Era como si hubiera sido ayer cuando había estado esperando con impaciencia alguna noticia de la habitación de Margot. Al oír su agonía, había odiado a este recien llegado que estaba haciendo que su Margot descendiera a las sombras. Cuando por fin le habían permitido entrar en la habitación, se había precipitado hacia la cama, negándose incluso a mirar al intruso, y había caído de rodillas derramando amargas lágrimas de sufrimiento y alivio. Había hecho el solmene juramento de que Margot no volvería a pasar por semejante trance, un juramento que más tarde el médico había confirmado como necesario: otro hijo habría matado a Margot.

… Los años de felicidad que los tres habían pasado juntos acudieron a su mente. El primer paso, la primera palabra, el primer diente. Largos paseos deambundando por las viejas y sinuosas calles de Nueva Orleans, manitas regordetas aferradas a los dedos de él y de Margot. Los primeros días de escuela. La enfermedad y muerte de Margot. Un dolor agudo lo atravesó y lo sacudió como una convulsión.

—¿Qué te pasa? ¿Enfermo? —inquirió la señora Daquin. —No, estoy bien —susurró él, resentido por la intromisión en su ensoñación de aquella que había venido después de Margot.

Los años de indecisión, días seguidos de noches solitarias en los que había intentado alcanzar el olvido en la copa de vino verde jaspeado. Mary. La llegada a Atlanta. Años de descontento. Años de infelicidad. Estaba mejor, materialmente, por supuesto. Había ganado dinero, es verdad, pero se preguntaba si siquiera habría conservado su empleo de no haber estado respaldado por el padre de Mary con su dinero y su influencia.

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