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Capítulo II

Puede que Mary no hubiera tenido éxito, a pesar de que el apacible Jean se estaba volviendo casi frenético con su eterna insistencia. Él todavía la amaba y ella no le daba motivos para el divorcio, incluso si una salida así a su dilema se le hubiera ocurrido alguna vez, de una manera que hubiera sido aprobada por la Iglesia católica.

Dos cosas empezaron a debilitarlo.

La primera, de menor influencia, fue que la oscuridad de la piel de Mary le impedía comer en los viejos restaurantes, Antoine’s, Delatoire’s, Mme. Begue’s. Él, Margot y Mimi habían ido a menudo en los viejos tiempos y sin problemas, aunque los dueños, los camareros y la clientela habitual conocían su sangre negra. Él y Mary habían ido una o dos veces hasta que le dieron indicios sutiles pero inconfundibles de que él era bienvenido, pero su esposa...: «Lo sentimos muchísimo, pero a nuestros clientes estadounidenses, de cuyo patrocinio continuo dependemos en gran medida, les molesta une femme de couleur».

Hubo escenas borrascosas, muy borrascosas. Jean, con el cabello blanco, el bigote engominado y la perilla erizados, el rostro de un rojo apopléjico, se negó a escuchar las profusas disculpas, y se marchó a grandes zancadas, con los hombros hacia atrás y la cabeza en alto, de los establecimientos, jurando: «¡Jamás volveré a poner un pie en su casa, caballero!». Cumplió este juramento y los viejos lugares no volvieron a saber de él.

Aún de mayor importancia eran los cambios en el barrio criollo. Las viejas familias se estaban apagando; la pobreza obligaba a otras a vender sus casas. Una a una, las antiguas viviendas eran derribadas por ruidosos e insensibles derribadores y en su lugar se levantaban edificios de apartamentos baratos, de una fealdad atroz y una ostentosa ornamentación. Uno a uno, los viejos lugares desaparecieron. Las graciosas líneas de los tejados inclinados fueron reemplazadas por aleros

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