El resultado de las labores de Mimi, una creación de chisme verde y adornos plateados, convirtió a la señora Bennett, sin lugar a dudas, en la mujer más llamativamente ataviada de la cena en honor al noble británico, quien elogió su belleza en repetidas ocasiones durante aquella velada memorable.
Y la señora Bennett no disfrutó menos las mal disimuladas miradas de envidia que le dirigían sus amigas mientras el inglés rondaba cerca de ella.
Tampoco dejó la señora Bennett de manifestarle a Francine lo encantada que estaba con la creación de Mimi, ni de recomendar a Mimi a todas sus amistades.
Y Francine comenzó a observar a Mimi y a su trabajo al percatarse de que los años que había dedicado a construir su establecimiento empezaban a pasarle factura. …
Un día de noviembre frío y desapacible, de nubes gélidamente grises y brisas mordaces, trajo una citación para Mimi de parte de la misma Madame Francine. Había pasado un año desde que la guerra había terminado. Nueva York y París volvían a ocuparse de la confección de ajuares finos; casi olvidados estaban ya los días de terror y dolor.
La turbaba la citación, aunque el sentido común le decía que la gran Francine jamás se dignaba a realizar un acto tan vulgar como el de despedir a un empleado. Aun así, Mimi temía con el miedo irracional a lo desconocido, a lo impredecible, a lo indefinido. Repasó apresuradamente en su mente los acontecimientos de los últimos meses. Los errores que había cometido no le habían parecido tan terribles en su momento. ¿Había ofendido a algún cliente acaudalado, poderoso? No se le ocurría nadie que pudiera haberse quejado.