Mimi fechaba a partir de entonces su conciencia de ser de color desde septiembre de mil novecientos seis. Para ella el viejo orden había pasado, era ahora definitivamente de una raza aparte.
A veces esto creaba en su interior estados de ánimo de introspección que rozaban peligrosamente lo morboso. Otras veces le inculcaba un profundo y apasionado desdén hacia aquellos que eran sus opresores y los de su raza.
Solía reírse entre dientes cuando leía, oía o veía las imbecilidades y las deficiencias de estos. Miraba con desprecio su provincianismo, su estupidez, su ignorancia. A su vez, se descubría a sí misma magnificando las virtudes, las excelencias de su propia gente y, al mismo tiempo, intentaba justificar mediante un proceso de sutil sofistería todos sus defectos.
Con el tiempo, la continuación de estas prácticas comenzó a obrar un cambio decidido y notable en su perspectiva de la vida en general. Con el tiempo se vio a sí misma pensando en prácticamente todas las cosas —sin importar cuál fuera su naturaleza ni cuán remotamente conectadas estuvieran con los problemas de raza o color— en términos de raza o color. Esta visión distorsionada limitaba seriamente sus capacidades, pero ella no era consciente de ello porque coincidía de manera tan completa con los puntos de vista de sus amigos. > «Pobre basura blanca» se convirtió en el culmen del desprecio, de la afrenta, del