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VII

Para Mimi no había nada más fascinante en la vida que veía a su alrededor que el canto, la risa, la profunda fe religiosa y la espontánea humanidad de las personas de las que ahora formaba parte.

En Nueva Orleans le había conmovido la música que poseía un característico matiz negro, pero que había estado influenciada en una medida definitiva por canciones francesas, lo que la convertía en una especie de francés africanizado.

Aquí sentía con mucha más viveza la oleada y el empuje rítmicos de la música negra, intacta ante otras influencias: el estallido extático de melodías que a menudo no eran melodías, sino algo salvaje e embriagador que le hacía correr escalofríos por la espalda y le llenaba los ojos de lágrimas.

Junto a Carl descubrió nuevas facetas de esta vida en lugares recónditos que hasta entonces le habían sido desconocidos. Comenzó a ver y a comprender la profunda espiritualidad que yacía en el fondo de su gente, a asimilar los dones que les habían permitido resistir una opresión que hacía mucho tiempo habría aplastado a una raza más débil.

El día en que una cuadrilla de presidiarios comenzó a reparar la calle frente a su casa fue uno que Mimi jamás olvidó. Se despertó oyendo una melodía salvaje, quejumbrosa, de una sencillez conmovedora, tan extraña que creyó que aún seguía dormida. Atraída por la música, se vistió apresuradamente y se apresuró a ver de dónde venía. En la calle, un extraño espectáculo salió a su encuentro. Una multitud de convictos negros, vestidos con el atuendo de listas anchas y mal ajustado de material áspero, con enormes bolas de hierro

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