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V. Mimi y Carl

Se oyó un grito que hizo que todos los demás parecieran insignificantes.

De una calle lateral salió tambaleándose un carruaje tirado por dos caballos. En el pescante medio agachado iba un hombre blanco. Con la mano izquierda sostenía las riendas tensas, en la derecha empuñaba un látigo largo, sinuoso y de aspecto cruel. En la parte trasera iban agachados dos negros aterrorizados.

El carruaje avanzaba oscilando y precipitándose sin parar. El cochino, con un solo movimiento, fustigaba a los caballos cubiertos de espuma; con casi ese mismo impulso, hacía restallar el látigo hacia atrás y de lado contra los hombres que gritaban y se lanzaban sobre el carruaje como lobos hambrientos hacia una presa colgante.

Los gritos de dolor y furia de los azotados, que retrocedían con enormes verdugones en el rostro, se mezclaban con el repiqueteo de los casco de los caballos.

Por encima de todo surgió el alarido penetrante del cochero, un obbligato de exultación y desafío que brotaba por encima del retumbar más grave de la multitud.

Sin aliento, Jean y Mimi siguieron el carruaje hasta donde la vista les alcanzó, con una plegaria en el corazón por la huida de los tres.

Se produjo un cambio sutil en los sonidos que se iban desvaneciendo en la distancia.

Una nota de desconcierto se deslizó en los tonos graves.

Un rugido final de desilusión les indicó que el carruaje había escapado con su carga humana, y la felicidad los inundó.

Apretando la mano de Mimi, Jean avanzaba con cautela de portal en portal mientras la multitud, mermada por aquellos que habían salido en

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