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XV

Por mucho que lo amaba, hubo momentos en que me irritaba tanto que casi con gusto lo habría estrangulado. Pero pronto aprendí a manejarlo y, a fin de cuentas, todos los hombres son iguales: se diferencian en pequeñas cosas pero, en términos generales, son idénticos. Una de las cosas que aprendí fue esta: nunca, jamás discutas con un hombre. Por otra parte, no estés de acuerdo demasiado fácilmente con sus opiniones. Si siempre insistes en que tienes la razón —incluso si la tienes y lo sabes—, pensará que eres cabezota y terca, y despertarás toda clase de terquedad en él. Y si siempre le das la razón, pensará que eres blanda, débil y tonta. Pero si expresas una opinión diferente a la que estás segura de que es correcta y luego —sin dejarte convencer demasiado fácilmente del error de tu razonamiento—, entonces, querida, ¡será cera blanda en tus manos!».

“Pero supongamos que él tenga la misma opinión que esa equivocación tuya; ¿y entonces qué?” preguntó Mimi, interesada a pesar suyo en la filosofía que

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