Pareció años después cuando Carl se fue.
“Mimi, ¿crees que hemos hecho bien?”, preguntó mientras se quedaba de pie en la puerta, con voz preocupada e insegura.
Mimi se limitó a sonreír mientras lo besaba. …
Llevaba mucho tiempo dormida cuando regresaron Jean y su mujer.
Después de desnudarse y apagar la luz, se quedó en la cama pensando en Carl. La vida era curiosa, reflexionó.
La gente entraba en la vida de uno, parpadeaba como las figuras de una película proyectada en una pantalla imperfecta y se desvanecía de la conciencia sin dejar ningún recuerdo de importancia tras de sí. La mayoría de la gente era así, pero muy de vez en cuando aparecían aquellos, siempre pocos en número, que se quedaban y, al quedarse, creaban toda clase de complicaciones difíciles y desagradables o agradables.
Se preguntaba por qué casi todo el mundo que conocía o sobre el que había leído convertía pequeños problemas sencillos en otros enormes y se atormentaban con cosas que, vistas más tarde, carecían casi por completo de valor.
¿Conciencia? ¿Rectitud? ¿Honor? ¿Justicia? ¿Verdad?
¿Qué eran todas estas cosas sino pequeños tópicos que el hombre había creado en su propia mente como pequeños dioses y ante los cuales se prosternaba en una abyecta sumisión?
¿La verdad? Recordaba aquello que Carl le había citado una vez de Spinoza: la verdad está compuesta por las mentiras que han envejecido.