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XXI

Cuando Jimmie hubo vuelto a suplicar perdón por su arrebato y se hubo marchado a su despacho, Mimi se quedó sentada en el soleado comedor durante un buen rato.

No había sido su intención que Jimmie interpretara su broma sobre las bañeras y las radios como una mueca de desprecio. Pero, ya que se lo había tomado así, se preguntó qué diablillo travieso la había impulsado a decir precisamente esas palabras. Su pronunciación había desatado en su interior un descontento nebuloso y embrionario que a veces la preocupaba y otras la llenaba de una furiosa ira contra sí misma.

Durante más de un año se habíamostrado sumamente feliz con la seguridad del amor que existía entre ambos, se había acurrucado profundamente en el puerto al que había llegado tras años de golpes, luchas y amargas decepciones. En los días agitados y fascinantes que precedieron a su matrimonio y durante la felicidad estática de los meses posteriores a aquel acontecimiento, Jimmie había sido para ella un compendio de generosidad, decencia y camaradería.

Nunca se había hecho la ilusión de que fuera apuesto —ni siquiera estirando al máximo su amorosa imaginación se le podía calificar de otra cosa que de bastante agraciado—. Pero eso no importaba. Hacía tiempo que había aprendido a desconfiar de los hombres demasiado obviamente agraciados; ellos siempre lo sabían, aunque de eso culpaba a su propio sexo mucho más que a los hombres mismos.

Su mente, según iba descubriendo ahora con cierta incomodidad concomitante, había estado activa durante demasiado tiempo como para conformarse con la serena placidez de ser un ama de casa. Jimmie estaba más empeñado que nunca en que ella se quedara en casa. Desde que se habían casado, su negocio de corretaje había prosperado de manera asombrosa y la colmaba de ropa, joyas y otros lujos.

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