La vida que llevaba Mimi variaba muy poco. Hacía visitas ocasionales a su tía Sofía, o la señora Rogers venía al centro para almorzar de prisa o cenar tranquilamente con ella. Le contaba a su tía con entusiasmo sobre los progresos que estaba haciendo, le pintaba pequeños y vívidos cuadros de su vida en casa de Francine, de las chicas con las que trabajaba.
Una o dos veces al año iba a Baltimore y pasaba unos días con Jean. Estas visitas la animaban, la entristecían y la consagraban alconfort. Atesoraba cada minuto pasado con él, observando con ojos ávidos el rápido crecimiento del infante convertido en un niño robusto e inteligente. Tenía el cabello rojizo y los ojos marrones de Mimi. Su boca era sensible como la de Carl, pero la barbilla era la de su abuelo materno.
Las autoridades daban excelentes informes de él, aunque insinuaban claramente que Jean era... bueno, muy dado a las travesuras. La tristeza apasionada de Mimi al dejarlo se templaba siempre con la seguridad de que lo cuidaban tan bien como cabía esperar en tales circunstancias, y siempre regresaba a Nueva York llena de la determinación de trabajar el doble —el triple— que antes hasta poder traer a Jean con ella y cuidarlo como era debido.
Estaba llegando al punto en que podía sufragar las necesidades inmediatas de este con lo que ganaba. Pero sabía que lo mejor era dejarlo allí hasta poder asegurar, con mayor certeza, que lo cuidarían aun si ella misma enfermaba o moría.
No tenía relaciones sociales. Sylvia la invitaba con frecuencia a ir a Coney Island, al cine, a bailar, pero Mimi siempre lo rechazaba. Quería mucho a Sylvia como persona,