Si me lo contaras y nos casáramos, sentirías el resto de tu vida que te estaba reprochando lo que ahora quieres decirme. O que habías sido muy tonta por preocuparte por ello en absoluto. Y el hecho de que intentes decírmelo solo demuestra lo que dije sobre que eres buena y decente—si hubieras sido menos que eso, nunca te habría preocupado en absoluto. Jamás ha habido la más mínima objeción en tu contra—puedes apostar la vida a que la señora Crosby la habría encontrado—¡y cree que eres la persona más maravillosa que ha conocido en su vida!”
—Pero, Jimmie... —Mimi hizo un último y desesperado esfuerzo por detenerlo.
—Pero nada, Mimi. Solo hay una cosa que cuenta ahora, nada más en el mundo importa. Te amo y tú me amas —oh, cariño, ¡cómo te amo!—, casi lloró con suavidad mientras la tomaba en brazos e impedía que saliera cualquier otra palabra de sus labios con los suyos. …
Se casaron el Día de Acción de Gracias: «¡esos viejos puritanos que iniciaron esta costumbre nunca supieron lo sabios que eran!», comentó alegremente Jimmie al salir de la iglesia hacia la nítida luz del sol de noviembre. Los Crosby ofrecieron para ellos un banquete de bodas de lo más sofisticado en su apartamento de Park Avenue; aun en su felicidad, Mimi sentía que se encontraba en una estrafalaria tienda de antigüedades. Solo unos pocos amigos, había dicho la señora Crosby cuando pidió el privilegio de sufragar el banquete nupcial. Allí se sentaron unos sesenta invitados y las reservas de Veuve Clicquot y Pommery Sec parecían inagotables.
—Te tengo una pequeña y astuta sorpresa, Mimi —susurró con coquetería la señora Crosby—. Sé que te va a gustar, porque me dijiste que te gustaba. Vayan corriendo a la biblioteca tú y el querido Jimmie y mírenla ustedes solitos.