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XII

Pensó en la tía Sophie y en su invitación de irse a vivir con ella a Nueva York. No, no podía aceptar esa invitación ahora. La tía Sophie sería exactamente igual que esta gente de aquí, la odiaría por su fechoría. Supongamos que se casaba con Carl. Sus padres se encargarían de que no les faltara de nada. Pero ella estaba segura de que en sus mentes siempre estaría la idea de que había llegado a ellos bajo una sombra —de que había hecho algo vergonzoso y de que, por ese medio, se había casado con alguien de su familia. Mimi sentía la seguridad de que, con el tiempo, ellos también llegarían a odiarla tanto como ella odiaba ahora a Carl. No, su decisión estaba tomada. Por mucho que tuviera que sufrir, era mejor que mantuviera su propia alma libre. Eso desde luego no sería así si se casaba con Carl ahora.

Con cansancio se volvió hacia su madrastra y habló. Las palabras salieron despacio, con esmero, como si le estuviera explicando un asunto complejo a un niño bastante tonto.

“Sí, sé que todo lo que dices es verdad. Soy una tonta. Estoy echándome encima una responsabilidad terrible. Pero no puedo casarme con Carl, ahora no. Quería que fuera al médico, que me arreglara, esas fueron sus propias palabras. Lo odio, y si llego a vivir mil años lo odiaré más cada día que viva. No te preocupes, me iré; no sé a dónde, pero de todos modos ya no te molestaré más. Pero no me casaré con Carl. Ya lo tengo decidido y no voy a cambiar de opinión...”.

Unas semanas más tarde, Mimi subió a un tren con destino a Filadelfia. No supo dar ninguna razón por la cual eligió esa ciudad a la cual ir. Lo más cercano que pudo dar como explicación de su elección fue que Filadelfia era grande, no conocía a nadie allí y estaba segura de que podría perderse en su inmediatez. El señor Hunter le ofreció dinero, pero ella solo aceptó el que le correspondía por la compra de la mitad, su mitad, de las acciones que Jean había poseído. La señora Daquin le

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