cuidado y la atención que necesitaba. Prefería seguir batallando de su actual manera desesperada antes de que él fuera descuidado. Tampoco quería colocarlo en un orfanato de blancos como a un niño negro; conocía los insultos y desprecios que se vería obligado a sufrir. El único recurso que le quedaba y por el que se decidió fue meterlo en un orfanato católico y no decir nada acerca de su sangre negra. Esto se había hecho, lo sabía, incluso con niños ni mucho menos tan blancos como Jean. Su apellido francés sería una salvaguarda adicional para él y una garantía más de que se le otorgarían todas las ventajas disponibles.
Había tenido ciertos remordimientos de conciencia respecto a este procedimiento. Se había preguntado si estaría haciendo lo correcto, si no estaría poniendo a Jean en una desventaja tal, en el caso de que se descubriera su sangre de color, que fuera mayor que si su raza se hubiera revelado al principio. Pero pronto apartó estos temores de su mente. En primer lugar, sería solo por poco tiempo, y en segundo, él tenía tan poca sangre de color que en realidad cabían pocas dudas al respecto. Por encima de ambos motivos se encontraba el estado de ánimo de desesperación al que su mala fortuna la había arrastrado. Del mismo modo que en las horas de aquella noche en que Jean yacía en el hospital había estado dispuesta a llegar a cualquier extremo para salvarlo, ahora estaba dispuesta a dar cualquier paso, legal o ilegal, para asegurarle la mayor seguridad y bienestar posibles. Era la lógica implacable, despiadada e inflexible de una madre que lucha por su cría, y los obstáculos de cualquier tamaño eran arrollados en el afán por alcanzar ese fin. …
Había decidido instalarse en Baltimore, pues sentía que, al haber tantos católicos allí, habría mayores ventajas para los desafortunados niños de esa fe. El desolador día de noviembre en que llevó a Jean allí no era más frío y sombrío que el corazón de Mimi. Petit Jean parecía presentir la