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XVIII

—Zarparemos la última semana de diciembre y estaremos en París seis semanas. Hago dos viajes al año: en junio y en diciembre. Te presentaré allá y, si lo haces bien, te dejaré ir por mí al menos una vez al año a solas...

Y no paraba de hablar, de modelos y porteros, de entrar en algunas de las tiendas de París como supuesta compradora para ver todos los modelos, recordando el detalle de los mejores para reproducirlos o ampliarlos más tarde.

Por lo general, lo segundo, pues los representantes de otros establecimientos de Nueva York emplean las mismas tácticas. Contó otros secretos del oficio mientras Mimi dedicaba la mitad de su mente a absorber aquel torrente de palabras y la otra mitad a estudiar a Madame Francine.

Era la primera vez que tenía tiempo de contemplar tan de cerca a aquella criatura magnífica e imponente.

Mimi, con su habitual irreverencia ante la majestad frente a la cual la mayoría de los demás se inclinaban servilmente, no pudo reprimir el comentario interno de que Madame Francine, de ser sometida a una prueba psicológica, arrojaría un resultado de aproximadamente un cuarenta por ciento de pura fanfarronería, un treinta por ciento de conocimiento de su oficio y un treinta por ciento de buen sentido común.

Era alta, esbelta, vestida con sencillez con un traje ceñido de color gris. Un collar de cuentas de ámbar y un toque de color en las muñecas acentuaban la grisalla del vestido y hacían que su sencilla dignidad fuera aún más impresionante. Su piel era de una blancura lechosa, sus ojos grandes, pardos y apacibles, y su cabello, de un castaño intenso que empezaba a encanecer.

Exquisita, exhalando una elegancia que hacía que muchas de sus clientas de mejor cuna se sintieran a veces torpes y groseras.

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