Gradualmente pero con seguridad se estaba edificando una ciudad negra aquí en el norte de Manhattan. Durante horas se sentaba en silencio, escuchando con extraña avidez las historias que su tía le contaba de su propia gente en Nueva York. Insistió en que la señora Rogers la llevara a las zonas donde los negros habían vivido en años pasados; deambularon por las calles Broome y Spring, donde los negros habían vivido antes de la Guerra Civil, por las calles Sullivan y Bleecker y Minetta Lane en Greenwich Village, ahora pobladas densamente por italianos, entre los cuales había pequeños grupos de personas de color que nunca habían vivido en ninguna otra parte.
Pero ninguno de estos asentamientos ni los antiguos hábitats de los años Veinte y Treinta le interesaban tanto como la sección que los negros acababan de abandonar para trasladarse a Harlem.
Hizo que su tía le hablara del Maceo, del Marshall’s y de otros puntos de encuentro de músicos, escritores y bohemios, tanto negros como blancos. Hizo muchas preguntas sobre Williams y Walker, sobre Aida Overton, Jim Europe, Buddy Gilmore —quien sirvió de modelo para los bateristas de todas las orquestas—, Ernest Hogan, Cole y Johnson, y muchas otras estrellas de la escena.
La señora Rogers había vivido cerca del Marshall’s y había conocido a todo aquel que valiera la pena conocer. Le habló a Mimi de las brillantes noches de domingo en las que solían cenar al son de una orquesta negra en el Marshall’s, cuando uno siempre tenía la seguridad de encontrar compañeros y conocidos interesantes. Le habló de aquella orquesta, cuyos miembros tocaban, cantaban, bailaban y establecían la moda de la cual surgió el cabaret moderno.
Mimi deseaba fervientemente haber formado parte de aquella escena brillante, haber conocido en persona a aquellos de quienes tanto había oído hablar, incluso en Nueva Orleans.