Le dije a Horace que no debía esperar que yo recibiera a este chino (los ch chinos siempre me dan escalofríos), pero él insistió en que lo hiciera. Dijo que significaría dinero para él; se trata de algún gran negocio que está intentando cerrar. Hice lo que pude, incluso fui a una agencia de empleo en la Avenida Madison y contraté camareros japoneses especiales para servir la cena; quería hacerlo sentir como en casa. Pero hoy he tenido toda clase de problemas para evitar que Maggie le pegara a uno de los japoneses con una sartén...
Mimi sonrió con simpatía a la anciana gorda y nerviosa. Sonrió brevemente y con lástima cuando la señora Crosby se alejó con paso torpe para saludar a unos invitados que acababan de llegar.
Camareros japoneses para hacer que un chino se sienta como en casa —pensó divertida.
Pobre vieja, al menos tiene buena voluntad. La frase le trajo a la memoria la lavandera que habían tenido hacía años en Atlanta, cuyo veredicto más demoledor era: «Tiene buena voluntad, pero lo hace tan poquito». Esa era la señora Crosby, el Behemoth Sagrado, de pies a cabeza.
—Mimi, querida, ¡esos rábanos silvestres, comparados con quien los lleva, parecen coles de la peor especie! —dijo una voz suave mientras ella esperaba a que Jimmie terminara de hablar con un amigo. Sin volverse, supo que era Bert Bellamy.
—Suena bien, aunque sea un poco tonto —sonrió ella. Bellamy le devolvió la sonrisa. Estaba acostumbrado a tales recibimientos por parte de Mimi ante sus frases, las cuales por lo ordinario obtenían al menos gratitud de los demás a quienes se las dirigía. Bellamy era bajo y regordete, de rostro querubínico y sonrosado como el de un niño sano. Siempre vestido de manera impecable, uno de algún