hacia aquel bondadoso anciano —hoy le parecía muy viejo—. La creciente grosería y combatividad de su madrastra, la extraña que nunca encajaría en el orden de las cosas tal como ella y Jean lo conocían, la enfurecía por el dolor que le estaba causando a su querido Jean. Sentía en su interior una amargura que crecía sin cesar contra Mary y su mezquina actitud de tendera, su desprecio por las tradiciones tan queridas para Jean y para ella. Mientras se vestía, la idea de abandonar Nueva Orleans (nunca había estado a más de unas pocas millas de los límites de la ciudad) le había resultado atractiva, ya que ofrecía nuevas experiencias, nuevos escenarios, nueva gente, algo naturalmente atrayente para una chica de catorce años. Su mente se había detenido más en los aspectos favorables del cambio que en la ruptura de los viejos y queridos lazos de la tradición y la amistad, en dejar atrás paisajes familiares, con todo el optimismo instintivo y el desprecio por las consecuencias propio de la juventud.
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Capítulo II
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